Amanda, una mujer como cualquier otra

AUTORA: AMANDA AZAÑÓN TERUEL

PUBLICADO EN EL MURO DE GILGAMESH

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Muchos años de activismo, tras muchos debates y discusiones teóricas sobre que es y deja de ser la transexualidad no pocas veces me hacen perder la perspectiva, tanto es así que a veces cuando alguien de fuera de mi colectivo me hace una pregunta sencilla, tal como: ¿por qué te sientes mujer?, me es difícil dar una respuesta simple salvo la mas obvia. “me siento mujer porque soy una mujer, punto”

¡Ah si!, no me digas. ¿Y que me dices de tu cariotipo XY?, ¿Y como puedes decir eso si no puedes gestar? ¡eh!. Es evidente que para cualquiera que tenga dos dedos de frente tu sentido de la realidad está seriamente alterado colega. Yo creo que deberías ir al psiquiatra, esas cosas las curan.

Esta es una forma de pensar muy común y fuertemente asentada en una gran parte de la sociedad, tan desatinada como pensar que “El beso de Rodin” es solo un pedazo de mármol y que es locura pretender ver algo mas que una piedra.

Una persona con un mínimo de sensibilidad que contemple “El beso” verá una una bella composición llena de sensualidad, de amor y de hermosura; dudo que en algún momento le ronde por la cabeza que está contemplando un pedrusco blanco sobre el que alguien, presa del aburrimiento, no ha tenido otra ocurrencia que arrancarle pedazos a cincel y martillo.

Con las personas pasa un poco lo mismo, no nos define nuestra bioquímica, si no algo que no se puede cuantificar ni pesar; es tan real como la mas imponente de las rocas pero tan sutil que a pesar de ser nuestra ventana al mundo poca gente le otorga el valor que tiene, es nuestra propia mente, y dentro de ella nuestro yo. A pesar de carecer de masa ocupa un lugar físico y delicados equipos electrónicos pueden detectar su actividad, aunque no pueden y tal vez nunca puedan descifrar lo que allí pasa.

¡Dichosas elucubraciones las mías!

Vamos a darle a todo este discurso una perspectiva nueva, ¿y si pudiera darle alguna forma a mi mente?, ¿tal vez como una casa o algo así?. Bien, ¿por que no?. Vamos allá, imaginad que estáis en una gran sala, una sala llena de puertas.

Para darle un poco de solemnidad decoremos la sala un poco, imaginaros un techo altísimo donde se cruzan una serie de arcos ojivales, decorados con una serie de leyendas como las siguientes.

Ego Amanda

Sum maxime insignes realis qualis rupes

Corpus meum, non me definire

Amanda est intolerabiliter mulier abutens linguae Latinae

Bien, fijaros en la primera frase,”Ego Amanda”, “Yo soy Amanda”. Sed bienvenidos a esta alegoría de mi mente.

El resto de frases son pensamientos que van y vienen, sencillamente son irrelevantes, es que me es imposible dejar mi mente en blanco, como al resto de los mortales todo sea dicho de paso.

¿Que hay detrás de esta puertas imaginarias?. Pues hay de todo un poco, hay recuerdos, ideas, convicciones, muchas cosas. ¿Que tal si echamos una ojeada a través de la cerradura de algunas de ellas?, observad con atención:

La puerta de mi infancia

Observad la primera puerta, justo enfrente, está algo descolorida por los años. Justo en lo alto hay un letrero escrito a mano cuya caligrafía es inequívocamente infantil y dice así “Mi infancia”.

Acercaros y mirad con atención a través del ojo de la cerradura. ¡con cuidado, por favor!, no queremos perturbar lo que sucede al otro lado.

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Observad, hay una criatura de unos seis o siete años con un libro entre las manos. Hace apenas unos pocos días que en el colegio consideró la maestra que ya juntaba lo suficientemente bien las letras como para enfrentarse a su primer libro. Esta criatura ha hecho un descubrimiento sorprendente, acaba de descubrir que si sigue las líneas del texto con el dedo y junta las letras escucha un cuento que sólo ella puede oír. ¡acaba de descubrir que sabe leer!, aún así le interesan mucho mas las ilustraciones que el texto. El libro es un cuento infantil ilustrado con dibujos multicolores de aspecto un tanto Naif. Uno de los dibujos le ha atraído poderosamente la atención, se trata de una maceta con una gran flor multicolor, ¿que se sentirá siendo una flor?, se pregunta, de pronto siente una gran angustia, algo se le remueve en el estómago. Algo pasa, ¡algo no va bien!

Mucho tiempo atrás, cuando empezó a ir al colegio, descubrió que no todos los niños eran iguales. Unos llevaban pantalones cortos y el pelo corto como él. Otros llevaban el pelo largo y vestían distinto, al parecer eran de una tribu diferente, eran de la tribu de las niñas.

Instintivamente se formaban grupitos, pero siempre de niños o siempre de niñas. Nunca se mezclaban entre si, yo definitivamente no encajaba en ningún grupo, o al menos en los grupos que me interesaban. ¡estaba sola!.

Por aquel entonces envidiaba las actividades de las niñas, mucho mas interesantes y divertidas; pintaban cuadrículas en el suelo, luego tiraban una piedra y saltaban a la pata coja, o jugaban con una goma muy larga, o saltaban a la comba, ¡que divertido Ayyyyy!. ¡lo que daría por ser una niña!. ¡Es tan triste ser un niño!, solo piensan en correr como locos o en tirarse piedras.

Sentíase aquella personita muy avergonzada por estos sentimientos, había aprendido que los niños eran mas importantes y mas fuertes que las niñas, que los niños estaban llamados realizar grandes hazañas cuando fueran grandes, podían ser guerreros o futbolistas mientras que las niñas de mayores solo podrían para cocinar o coser, definitivamente se sentía ridícula y tenía miedo.

Si los demás niños descubrieran sus cavilaciones se reirían, le harían burla, le pegarían y nadie le defendería, era una traición tan grande a la humanidad que merecía todo lo malo que pudiera ocurrirle y mas.

Aún recordaba cuan horrible era aquello que sentía cuando con apenas cuatro o cinco años se las apañó para subir al armario donde su madre guardaba el maquillaje, alcanzó la barra de labios y comenzó a pintarse los labios. Su madre le sorprendió, le pegó en la cara y le agarró por el brazo; abrió el grifo del lavabo y le limpió la boca con agua y jabón mientras le gritaba. Una vez pasado todo su madre se derrumbó en una silla y se echó a llorar, yo lloraba también.

Al parecer estos incidentes eran frecuentes en mis primeros años de vida, sólo que esta vez era la primera vez que me pegó por algo así. No era la primera vez que recibía un azote, alguno había recibido anteriormente, ya por escupir la comida, ya por revolver los armarios de la casa y dejarlo todo esparcido por aquí y allá, pero aquellos azotes no eran mas que los gajes del oficio de niño, carecían de importancia. En aquella ocasión fue todo muy distinto, incluso a tan corta edad aquello me marcó. Algo me pasaba, mi madre lo sabía, pero ninguna de las dos sabíamos de que se trataba.

-.La identidad de ser hombre o mujer aparece muy temprano, sobre los tres o cuatro años, y esto es así para todas las personas, solo que nuestra identidad nos pasa desapercibida a menos que no coincida con la que el resto del mundo espera que tengamos.

Bien, he aquí algo interesante, obsérvese algo muy importante, hablo de sentimientos, de juegos, de pertenencia a grupos y de identidad. No hablo de quien me gusta, mis intereses entre los cuatro y los siete años no incluían el deseo sexual, ¿por qué?, ¡porque a esa edad sencillamente no lo tenía, vamos, que ni sabía que existía tal cosa!. Así que considerarme “homosexual extremado” sin deseo afectivo-sexual es tan audaz como dividir por cero.

-.La identidad sexual o de género es la sensación interna que tenemos de ser hombres, mujeres, o incluso de no ser ni una cosa ni otra, o ambas a la vez. En ningún caso depende tiene relación con nuestros afectos hacia otras personas.

Dejemos a esta personita sola con sus pensamientos, podríamos pasar horas y horas observando, pero debemos aligerar un poco el paso si queremos tener una imagen completa, aunque resumida, de mi yo.

Un poco mas adelante tenemos la segunda puerta, tiene escrito en la entrada “Pubertad y Adolescencia”; está escrito a tiza, tal vez porque corresponde con la etapa en que iba al colegio. Mirad atentamente por el ojo de la cerradura.

La puerta de mi adolescencia

Ahí está, el salón del piso donde vivíamos en Madrid, en medio había una mesita baja de madera, con el tablero de cristal, rodeada de tres banquetas para niños pintadas en brillantes colores y en el mueble de enfrente un flamante televisor ¡en color!, hace apenas unos años que nos habíamos mudado a nuestro nuevo piso en la calle de Sanchez Díaz, (actualmente calle de Conrado del Campo), en la Ciudad Lineal, muy cerca del barrio de San Blas. Le llamábamos la casa de palitos, nombre que al parecer le di yo, aunque sinceramente creo que fue mas idea de mi madre que mía cuando paseábamos caminando desde nuestro antiguo domicilio del barrio de Pueblo Nuevo hasta la que sería nuestra nueva casa.

Para entender por qué llamábamos a mi casa así hay que viajar atrás unos pocos años mas en el tiempo. Cerrad los ojos y acompañadme a la Ciudad Lineal en una tarde de Domingo de las de entonces, en una agradable tarde de primavera de 1967. Por aquel entonces flanqueaban la calle de Arturo Soria numerosos chalets, con jardines cuajados de flores multicolores y árboles.

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Fijaros, los tranvías van y vienen con su característico sonido de la campanilla apartando el tránsito. Mas allá puede verse un carro tirado por un burro, estacionado delante de la tienda de ultramarinos “La esfera”. Un matrimonio gitano toca un organillo, ella hace girar la manivela del organillo, mientras el pasa la gorra al respetable para que eche unas monedas. Mi padre nos cuenta a mi y a mi hermano historias antiguas; la del loco que gustaba de dirigir el tráfico de los tranvías, también nos contaba la historia de cómo una vez fue parado por la Guardia Civil cuando marchaba para casa en bicicleta y de las explicaciones que tuvo que dar sobre un paquete de judías que traía de Alcalá de Alcalá de Henares, en aquellos tiempos, los tiempos de las cartillas de racionamiento, venga circule, y no vuelva a repetirlo, la próxima vez tendré que confiscar la mercancía, (aquel Guardia Civil se conformó con amonestar a mi padre por aquel “contrabando con judías”). Mi padre nos habla de las paradas del tranvía y de como eran anunciadas por el cobrador, de las que recuerdo una especialmente, “El hotel del Negro”, aunque nunca supo darnos razón del por qué de aquel nombre.

Ya cerca del Bar San Bao, y del que sería nuestro nuevo colegio, coloquialmente conocido con el nombre del colegio de Madame, hacía esquina la calle de Sánchez Díaz, desde allí podía verse nuestro futuro hogar, un barrio de bloques de pisos en construcción, sujetándose las plantas con infinidad de durmientes de madera que le daba el aspecto de una casa construida con palillos, ¡sí, efectivamente!, era una casa de palitos.

Hace ya de esto tanto, tantísimo tiempo…..

Volvamos de nuevo al salón de mi casa en 1976, si miráis con atención podréis ver al personaje de esta historia mirando absorto la televisión, es la hora del telediario de la noche y acaban de dar una noticia sorprendente. Al parecer un tenista profesional ha decidido cambiar de sexo y estaba en juicios porque se le negaba participar en los torneos como mujer. Acababa de hacer un descubrimiento, “Yo no era un ejemplar único”. Fue por aquella época también cuando un pequeño escándalo recorrió el país de arriba abajo llenándolo de asombro y estupor, algo que dio de que hablar durante mucho tiempo, la aparición en un programa de variedades de televisión de Bibí Andersen; el salto a la fama de Reneé Richards y de Bibí Andersen vivido así en directo me dio mucho que pensar por aquellos días. ¿Eran hombres o eran mujeres?, ¿se puede dejar de ser un hombre para convertirse en una mujer?, ¿es posible?. Y sobre todo, ¿que soy yo?.

¡Tenía catorce años y me estaba haciendo una pregunta que poca gente se hace ni siendo adulta!.

-.Así de pervasiva es la identidad, no vale de nada intentar ignorarla, negarla o amordazarla, puede estar oculta y reprimida durante años, aunque tarde o temprano siempre sale a flote.

Poco tiempo después vinieron los horrores a los que nos enfrentamos las personas transexuales, los cambios corporales, heme aquí mi joven yo, pero ya con unos dieciséis o diecisiete años, se palpa la cara, la empieza a tener áspera. ¡Ha aparecido su primera barba!, es una experiencia espeluznante para una mujer aunque no sepa que lo es.

Bueno, dejemos a mi joven yo tranquila y demos un salto en el tiempo de unas décadas, dejemos para otra ocasión mi paso por la universidad, de como conocí la existencia de la palabra transexual y de mi intento fallido de transición en los noventa.

Esta vez estamos ante una puerta especial, no es de madera como las otras, es de cristal. Estamos ante la puerta de “mi transición”, aquí no hay cerradura que valga. ¿Nunca habéis oído que el armario de la persona transexual es de cristal?, esto es así porque una vez que iniciamos el proceso no tenemos donde ocultarnos.

La puerta de cristal, Transición

Detrás de esta puerta nuestro personaje pasa de largo los 47 años y se está mirando al espejo de un tocador. En la palma de su mano se pueden ver dos pastillas, una blanca de tamaño mediano y otra diminuta de color azul. Ve su imagen reflejada en el espejo y se pregunta a donde le llevará todo esto, alberga una enorme esperanza en su corazón y se está despidiendo de su cara de siempre.

Hoy es 1 de Diciembre de 2010 y estas dos pastillas son sus primeras hormonas. Hay una mezcla de sentimientos. Estas pastillas las ha estado esperando toda una vida y las contempla con asombro. ¿Son estas pastillas las que van a cambiar su vida?, ¿algo tan pequeño?. Siente una alegría y una esperanza inmensas, también tiene miedo por las consecuencias. ¿podrá conservar su trabajo?, ¿si lo pierde que hará?. ¿conseguirá un aspecto femenino que sea convincente que le permita vivir como mujer el resto de su vida?. Segundos después ingiere las pastillas.

Pasan unos segundos, 1, 2, 3. No pasa nada, tal vez hubiera estado bien que un fogonazo espectacular con luces y humo hubiera llenado la estancia y que de allí hubiera surgido una mujer preciosa, pero las cosas no funcionan así, ahí está la misma imagen de siempre reflejada en el espejo; no obstante algo había cambiado y mucho, había un sentimiento nuevo. Por primera vez sentía que tomaba las riendas de su vida, y eso lo es casi todo.

Seis meses atrás tuvo que vencer sus miedos, echarle valor y pedir ayuda para lo que un día de finales de verano de 2010 se presentó ante su médico de cabecera y alegar una depresión para ser derivada al servicio de salud mental del SACyL, con muy pocas esperanzas de conseguir iniciar el proceso, todo sea dicho de paso dado que conocía perfectamente que el servicio de salud de Castilla y León no proporcionaba atención a la transexualidad, aún así una contra todo pronóstico consiguió su volante para el servicio de endocrinología.

En realidad como comenté antes no era la primera vez que pasaba por la zozobra del miedo y echarle valor; ya tuve un intento de transición fallido allá por 1996, aquella vez asistí a consulta a la clínica Isadora de Madrid, pero mis miedos y las presiones familiares me impidieron seguir adelante con mi proyecto vital pasados unos meses.

No obstante adquirí las herramientas emocionales que habrían se servirme muchos años después para mi transición definitiva de la mano de mis psicólogas Cristina y Adoratriz, aquel tiempo invertido no fue en vano.

Continuemos con esta, mi historia personal, llena de pasillos puertas y laberintos.

Pero eso será la semana que viene

Continuará…

SEGUNDA PARTE

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