Desencuentro en el entorno sanitario

Que la transexualidad no es una patología es algo incuestionable que no condiciona que las personas transexuales, igual que el resto, tienen necesidades médicas que deben de ser atendidas.

Existe un desencuentro patente entre algunxs profesionales de la medicina, que venían atendiendo a las personas transexuales o no, y las asociaciones que defienden los derechos de estas personas incluyendo aquellas que son menores de edad.

Estas circunstancias se evidencian en ocasiones en la negativa para atender a nuestrxs hijxs por algunxs de ellxs, así como por la actitud y el trato que nos dispensan. También en el empeño de difundir entre sus colegas la supuesta peligrosidad de unos tratamientos que se dispensan habitualmente a otros segmentos de población sin mayores problemas. Escuchamos afirmaciones tan contradictorias como que en la unidad de identidad de Madrid no se han atendido menores hasta el año anterior pero que es el sitio donde hay que atenderles por su experiencia, cuando existen otros servicios médicos, como el del Hospital La Paz que realmente tiene experiencia en endocrinología pediátrica y las familias están satisfechas con el trato recibido.

Aunque hoy en día numerosas publicaciones y estudios afirman que la aceptación temprana de la identidad por parte de la familia, el apoyo en la infancia y adolescencia por parte de esta y el acceso a tratamientos durante la pubertad elevan el estado de bien estar a cuotas parejas a las de las personas cisexuales, nos encontramos con que estos datos se omiten y lo que se difunden son datos que alarman y fomentan prejuicios entre lxs profesionales dispuestxs a aprender.

La dichosa persistencia nos persigue como la sombra que acecha para recordarte que en esta vida la única vía aceptable es que cumplas las expectativas que se crearon el día que naciste. Cuando la misma persona que es coautora de un estudio en el que se afirma que “Los resultados obtenidos en cuanto a la persistencia del diagnóstico son menores de los que encontramos en el análisis de la situación en nuestra unidad (95%), frente a los resultados obtenidos en otras unidades similares” “Nuestros datos hasta la fecha objetivan un número elevado de casos de menores vistos en edades tempranas, en los que se confirma y se mantiene su diagnóstico de disforia de género, después de la mayoría de edad. Aludiendo a los dos casos que no continuaron el seguimiento en nuestra unidad, no podríamos decir con certeza que correspondan a personas en las que haya desistido…”-el 100% de los casos con los que tiene contacto persisten (la muestra era de 45 personas)- no tiene ningún problema en afirmar, en un Congreso Científico celebrado en Cartagena recientemente, que solo persisten el 15% de las personas menores de edad trans. Y la pregunta lógica que nos asalta entonces es: ¿qué interés hay en difundir esos datos que no reflejan la realidad?

Chrysallis supera ya las 500 familias asociadas y ha acompañado a muchas más, sin que haya aparecido un solo caso se desistimiento. Quizá se deba a que entendemos que las personas sentimos la identidad de una forma singular y que cada una se enfrenta a esta realidad de forma distinta. Es decir, en vez de juzgar según nuestras expectativas nos limitamos a apoyar y respetar a las personas y sus propios procesos.

Delammarre-Van de Waal en una publicación de 2014 afirma “A día de hoy, no tenemos ningún caso de arrepentimiento de nuestro grupo de pacientes jóvenes”.
Joserra Landa dice “en algunos foros se ha llegado a afirmar, lo cual es mentira dicha con doloso ánimo de confundir, que un 70% de infantes ginándricos revierten. A lo largo de mi experiencia profesional no he conocido ni un solo caso de reversión (ni espontánea ni inducida); tampoco he conocido a nadie- estudioso, profesional o militante- que lo haya conocido”.

La presión generada por algunos entornos lleva a situaciones muy complicadas a personas que no se sienten identificadas dentro de la división cultural entre hombre y mujer, podemos hablar de personas que no se sienten ninguna de las dos o se sienten las dos a la vez y también de las que fluyen de una identidad a otra.

Otra pregunta que nos planteamos es ¿y si la persona desiste qué? Aunque no conocemos esa experiencia, podemos imaginar que esta situación podría darse en circunstancias muy variadas dependiendo de la edad y el momento vivencial de la persona, por ello se podrían hacer muchas valoraciones. Partiendo de la premisa en que hubiera una cirugía de por medio, planteo la analogía con las personas cisexuales que se someten a cirugías faciales que les acaban dejando un rostro con el que no se sienten identificadas y podríamos concluir que puesto el caso también pueden arrepentirse. El intentar limitar el acceso a la sanidad por si alguien desiste es tan absurdo como negar bajas laborales indiscriminadamente por si alguien se inventa los síntomas.

Por otro lado, podríamos concluir que las personas transexuales son personas cisexuales arrepentidas y no por ello se cuestiona la identidad de las personas cisexuales como medida preventiva, por si pudiera darse el caso de estuvieran escondiendo su verdadera identidad. Si fuéramos ecuánimes en este aspecto de preocuparnos que alguien viva con una identidad social que no es la que siente como propia nos debería de preocupar en la misma medida para todas las personas, trans y cis.

En algunas ocasiones los comportamientos que las familias recibimos como violencia responden a motivos ideológicos, pero también hay otros motivos más espurios como el económico o la vanidad. Y es que, en medicina, se cotiza muy bien ser especialista de algo y estos, y/o estas, profesionales no están dispuestos a renunciar a ello, para responder a las necesidades que realmente tienen quienes, como personas usuarias de la sanidad pública, precisan de su asistencia.

Natalia Aventín

Presidenta de Chrysallis, Asociación de Familias de Menores Transexuales

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