El testimonio de Leelah, otra adolescente transexual que se suicida.

“Solo descansaré en paz el día en que las personas transexuales no sean tratadas como me han tratado a mí, cuando sean tratadas como seres humanos, con sentimientos válidos y derechos humanos

Estas palabras que la adolescente estadounidense  Leelah escribió en la carta que dejo programada para publicarse en una red social, tras su suicidio, tienen que servir para que se reflexione. Es injusto que una parte de la sociedad quiera imponer a otra como debe vivirse y sentirse, de tal manera que se les niegue a las personas transexuales el derecho fundamental a tener su propia identidad, a sentirse quienes son y a que el resto de las personas lo respetemos.

Las reflexiones que hace esta adolescente de 17 años en su carta y sus preocupaciones son similares a las que a diario escuchamos en nuestra asociación. Y es cierto que en este caso existe una familia muy religiosa pero también vemos que en ocasiones hasta a las madres y padres más “progres” les cuesta asumir esta realidad. El desconocimiento que existe sobre la situación de transexualidad de las personas, en la sociedad, es uno de los obstáculos más importantes para alcanzar los deseos  de Leelah. Por ello el reto más importantes al que nos enfrentamos es el de informar y formar a la sociedad.

Compartimos como testimonio la carta de Leelah que gracias a las redes sociales hemos llegado a conocer. En muchos de los suicidios las familias de los menores transexuales esconden el motivo y no llega a la opinión pública.

La transfobia mata, que nuestra lucha sirva para que no haya ni un suicido ni un asesinato más.


Carta de Leelah:

Si estás leyendo esto, significa que me he suicidado y, obviamente, no he eliminado el comentario de mi cola de publicación.

Por favor, no estés triste, es para mejor. La vida que viviría no es digna de vivirse… porque soy transexual. Podía entrar en detalles para explicar por qué me siento así, pero esta nota probablemente ya va a ser lo bastante larga tal como es. En pocas palabras, me siento como una chica atrapada en el cuerpo de un chico, y me he sentido así desde que tenía 4 años. Nunca supe que había una palabra para este sentimiento, ni que era posible que un chico se convirtiera en una chica, así que nunca se lo dije a nadie y seguí haciendo lo que tradicionalmente son cosas “de chicos” para tratar de encajar.

Cuando tenía 14 años, supe lo que significaba transexual y lloré de felicidad. Después de diez años de confusión, al fin comprendía quién era. Inmediatamente se lo dije a mi madre, y ella reaccionó muy negativamente, diciéndome que era una fase, que yo nunca iba a ser una chica de verdad, que Dios no comete errores, que yo estaba equivocada. Si estáis leyendo esto, padres, por favor, no digáis eso a vuestros hijos. Incluso si sois cristianos o estáis en contra de las personas transexuales, eso no se le dice nunca a nadie, especialmente a vuestro hijo. Eso lo único que va a hacer es que se odie a sí mismo. Eso es exactamente lo que me hizo a mí.

Mi madre empezó a llevarme a un terapeuta, pero solo me llevaba a terapeutas cristianos, (que eran todos muy sesgados), así que en realidad nunca tuve la terapia que necesitaba para curarme de mi depresión. Solo tenía a más cristianos que me decían que era egoísta y estaba equivocada y que debía buscar ayuda en Dios.

Al cumplir los 16 años me di cuenta de que mis padres nunca cambiarían, y que tendría que esperar hasta tener 18 años para empezar cualquier tipo de tratamiento de transición, y eso me rompió completamente el corazón. Cuanto más esperara, más difícil sería la transición. Sentí que no tenía esperanza, que lo único que iba a parecer era un hombre vestido de mujer para el resto de mi vida. En mi 16 cumpleaños, cuando no recibí el consentimiento de mis padres para iniciar la transición, lloré hasta quedarme dormida.

Adopté una actitud del tipo “vete a la mierda” con mis padres, y salí del armario como gay en el instituto, pensando que a lo mejor cuando saliese del armario como transexual sería menos chocante. Aunque la reacción de mis amigos fue positiva, mis padres se enfadaron. Se sentían como si yo estuviera atacando su imagen, y que yo era una vergüenza para ellos. Ellos querían que yo fuera su perfecto niñito cristiano heterosexual, y eso no es, obviamente, lo que yo quería.

Así que me sacaron del instituto, me quitaron el ordenador portátil y el teléfono, y me prohibieron que accediera a cualquier tipo de red social, aislándome completamente de mis amigos. Esa ha sido probablemente la parte de mi vida en la que he estado más deprimida, y me sorprende que no me quitase la vida entonces. Estuve completamente sola durante cinco meses. Sin amigos, sin apoyo, sin afecto. Solo la decepción de mis padres y la crueldad de la soledad.

Al acabar el curso escolar, mis padres al fin cambiaron de opinión y me dieron el teléfono y me dejaron que volviera a usar las redes sociales. Yo estaba emocionada, al fin tenía a mis amigos de vuelta. Estaban muy emocionados de verme y hablar conmigo, pero solo al principio. Con el tiempo se dieron cuenta de que en realidad yo les importa una mierda, y me sentí más sola que nunca. A los únicos amigos que pensé que tenía solo les gustaba cuando me veían cinco veces a la semana.

Después de un verano de no tener casi ningún amigo, más el peso de tener que pensar en la universidad, ahorrar dinero para mudarme, mantener mis buenas notas, ir a la iglesia cada semana y sentirme como una mierda porque todo el mundo allí estaba en contra de todo por lo que vivo, decidí que ya bastaba. Nunca voy a pasar mi transición con éxito, incluso aunque me mude. Nunca voy a ser feliz con mi aspecto o mi voz. Nunca voy a tener suficientes amigos. Nunca voy a tener el suficiente amor. Nunca voy a encontrar a un hombre que me quiera. Nunca voy a ser feliz. Viviré el resto de mi vida como un hombre solitario que desearía ser una mujer o viviré como una mujer solitaria que se odia a sí misma. No hay ganadores. No hay manera de salir de esto. Ya estoy lo suficientemente triste, no necesito que mi vida empeore. La gente dice “la cosa mejora”, pero eso no es cierto en mi caso. Cada vez empeora más. Cada día me pongo peor.

Esto es en esencia por lo que tengo ganas de suicidarme. Lo siento si no es una razón suficiente para vosotros, pero sí es suficiente para mí. En cuanto a mi voluntad, quiero que el 100% de las cosas de las que soy dueña legalmente sean vendidas y el dinero (además de mi dinero en el banco) se done a los movimientos de derechos civiles de las personas transexuales y a los grupos que les apoyan, no me importa a cuál. Solo descansaré en paz el día en que las personas transexuales no sean tratadas como me han tratado a mí, cuando sean tratadas como seres humanos, con sentimientos válidos y derechos humanos. Las cuestiones de género deben enseñarse en las escuelas, cuanto antes mejor. Mi muerte tiene que significar algo. Mi muerte deber añadirse al número de personas transexuales que se han suicidado en este año. Quiero que alguien mire ese número y diga “es una mierda” y lo arregle. Que se arregle la sociedad. Por favor.

Adiós.

Leelah Josh Alcorn

One thought on “El testimonio de Leelah, otra adolescente transexual que se suicida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *