“La transfobia sí es una enfermedad”

Noticia original: ElMundo.es/Baleares

Alrededor de 52 menores transexuales viven en Baleares según la asociación Chrysallis Baleares.

Su situación se normaliza gracias a los protocolos sociales, educativos y sanitarios.

Gonzalo Chillón asegura que su madre recuerda al dedillo el día que le explicó que se sentía más cómodo si le trataban como a un hombre, su identidad sexual sentida. Fue el 26 de abril de 2016, a la una de la madrugada. «Eres transexual», afirma Gonzalo que le respondió ella. Y que, a pesar del miedo que ambos sintieron, ella insistió en todo momento en que la única opción era seguir hacia adelante. Empezaba para Gonzalo lo que se denomina el tránsito social, momento en el cual la persona pasa a ser reconocida socialmente de acuerdo a su identidad sexual.

Porque Gonzalo nació con aparato reproductor gestante y siempre se sintió chico, es transexual al igual que la hija de Alejandro Lucas, de 41 años, presidente de la delegación de Baleares de Chrysallis, la Asociación de Familias de Menores Transexuales. En estos momentos, la entidad cuenta con 16 familias asociadas y asesora a otros 36 menores, lo que supone una estimación de 52 casos de niños transexuales en Baleares.

¿Yo no soy igual que las demás niñas?», le preguntó un día su hija de 5 años. Aquella cuestión detonó algo que Alejandro Lucas ya sospechaba porque «desde pequeños y, en esto, casi todos los padres coinciden, algo no cuadra».

Su hija María -nombre ficticio- vino al mundo con un aparato reproductor fecundante y al nacer «se le asignó ese sexo  según la interpretación de sus genitales». Pero conforme crecía, sus expresiones pertenecían al género  considerado femenino. Se refería a sí misma como niña. «Te decía yo soy una niña y yo la corregía», recuerda Alejandro.

Hasta que la menor dejó helado con su franqueza al padre. «Cuando me preguntó si no iba a ser como sus amigas, sentí miedo y confusión», admite Alejandro Lucas. La familia emprendía, sin saberlo aún, el camino del tránsito social.

«Hace cinco años, no existía ningún referente en Baleares», recuerda. Junto a su mujer -que aceptó desde el primer segundo la transexualidad de su pequeña- viajaron a Madrid donde contactaron con la asociación Chrysallis. La información disipó mucho «el pánico atroz» de Alejandro. «Yo me preguntaba todo el rato, ¿qué le va a pasar?, ¿podrá la sociedad aceptar esto?», y admite que la aceptación de la transexualidad de su hija le llevó años.

«Entendimos que la identidad sexual –Sexo psicológico subconsciente sentido como propio por cada persona y que le autodefine como hombre o mujer (en ocasiones como las dos cosas o como ninguna).– no estaba vinculada con la exclusión social, uno de nuestros temores. En Baleares existen médicos, abogadas y cajeros de supermercados transexuales», explica. Eliminado el estigma de la marginalidad, Alejandro Lucas se tranquilizó y se centró en montar la delegación de Chrysallis en Baleares.

El colegio supuso uno de los primeros retos. Aunque el profesorado se mostró dispuesto a colaborar, desconocía por dónde tirar. Para Alejandro Lucas, la aprobación del Protocolo Trans para Alumnado Transexual y Transgénero en las Islas en diciembre de 2016 sumó otro paso más que permite al menor utilizar el nombre sentido, respetar la imagen física del alumno trans o garantizar el acceso a los baños que corresponden a su identidad de género.

En el ámbito sanitario quedan aún bastantes retos por lograr según Lucas, para el que una cuestión primordial es que la transexualidad deje de tratarse como una enfermedad.

La Organización Mundial de la Salud aún la considera como una dolencia, algo que no comparte tampoco Gonzalo Chillón. «La transfobia sí que es una enfermedad», opina contundente cuando se le pregunta al respecto. Él empezó el tratamiento con hormonas hace un año y cuatro meses, de manera voluntaria. Habló con un psicólogo y finalizada la segunda consulta, el facultativo entendió que el joven estaba más que preparado para iniciar el proceso (dado que la transexualidad no es una patología el acompañamiento psicológico nunca debe ser obligatorio) .

Las hormonas se inyectan una vez al mes. Al principio, «se notan pocos cambios pero luego empieza a aparecer el vello, se ensancha la espalda… Cada vez me noto más seguro de mí mismo», apunta.

Lucas aún no sabe si su hija optará por el empleo de estos bloqueadores. Según él, la persona menor de edad decide pero la familia lo autoriza. En caso de conflicto, media la Fiscalía de Menores. El uso de estos inhibidores puede evitar numerosas intervenciones en el futuro. Se da el caso de chicos trans que desarrollan las mamas y, ya de adultos, deciden operarse en quirófano porque se sienten incómodos con esa situación.

«Existen estudios que prueban que las personas trans que no han podido desarrollar su identidad sexual son más proclives al suicidio», alerta Lucas, que se muestra satisfecho de la evolución de la sociedad respecto al tema. Según su experiencia, las partes negativas son las menos a pesar de la dificultad del proceso, que es innegable. «Pero mi hija María es feliz y una niña orgullosa de su identidad trans», destaca. Gonzalo Chillón también disfruta de sus 18 años inmerso en su proceso. Estudia Formación Profesional de Instalaciones Eléctricas y tiene una novia. ¿Que cómo se ve con 25 años? «Viviendo con ella y viajando. También me gustaría tener más barba», se ríe, olvidada ya la frustración que le suponía aparentar una identidad que no le era propia.

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