Los deseos cumplidos

Todas las embarazadas tienen una enorme cantidad de sueños y expectativas sobre sus hijos por nacer. Con mi primer hijo, recuerdo que le pedí a Dios que fueran gemelos. Gracias a Dios, no se me concedió. Nadie sabe la enorme cantidad de esfuerzo que supone un bebé hasta que lo tiene. Pero para el siguiente embarazo yo ya lo sabía. Esta vez pedí que fuese niña. Pero Dios, con su infinito sentido del humor, me envió un hermoso par de gemelos. Varones. O eso pensé yo.

 Cuando tenían dos años, le dije a mi marido:

-que sepas que vas a tener un hijo gay.

-Bueno. Si va a ser feliz…

 ¿Que por qué lo tenía tan claro? Bueno, podemos decir que era lo que se dice un bebé amanerado. Los tres jugaban a ponerse nuestra ropa, pero, Bruno, invariablemente, elegía las mías. Quería ponerse mis collares, se fijaba en mis zapatos y mi maquillaje… Yo tengo otros dos niños para comparar. En mi casa todo el mundo jugó siempre a lo que quiso, mientras no hiciera daño a nadie. Y mientras el gemelo de Bruno y su hermano mayor, alguna vez podían jugar a los papás y mamás con alguna amiguita, Bruno, siempre quería ese tipo de juegos.

A partir de ahí me puse a buscar información sobre homosexualidad en menores. Evidentemente, no había nada. Las tendencias sexuales aparecen con la atracción por el otro, con la preadolescencia. Y yo llegué a pensar que el caso de Bruno era único en el mundo. Y cada vez estaba más angustiada, pensando en lo que le esperaba en el colegio, en la calle… En la sociedad.

Este comportamiento se mantuvo y desarrolló con el tiempo. Y cuando se pudo expresar con claridad, mi hija empezó a decirme: “yo soy una niña”. Al principio, yo le contestaba: “tú serás lo que quieras ser”. Pero más adelante mi razón le ganó el pulso al corazón, y pensando que por el bien de su autoestima debía aceptarse “como era”, cambié mi respuesta: “no, tú eres un niño, y a mí me gusta que seas un niño”. La coletilla, como tantas madres habrán adivinado, nacía del sentimiento de culpabilidad que me llevaba a pensar que mi hija estaba intentando complacer mi deseo de tener una niña. Ahora, al escribir estas líneas, me sigo asombrando del pozo de ignorancia profunda en la que vivía.

Mi hija interpretó que su afirmación de identidad no era bien recibida, y dejó de decirlo… de esa forma. Pero me lo decía de mil y una diferentes. Que ella iba a crecer como chica, y no como chico, que de mayor iba a tener “tetis”, como yo… En sus juegos era un hada, una mariposa, una princesa… Cuando llegaba a casa, se ponía un pantalón de cinturilla de goma en la cabeza, para simular largos cabellos, y movía la cabeza de una lado a otro. Una chaqueta en la cintura le servía de falda, o de vestido. Y me pedía que le pintase las uñas. Mientras sus hermanos protestaban cuando les ponía cacao en los labios, su hermana me sacaba los morretes, en uno de sus gestos tan femeninos. Por entonces, ya todos sus pijamas y ropa de estar por casa eran de niña. Y sus juguetes. Un día, sabiendo lo que le gustaban las hadas, le puse por la noche un poco de purpurina en una cajita que le había regalado, y por la mañana le dije que las hadas le habían dejado un poco de su polvillo. Rápida como una flecha, cogió un poco de “polvo de hadas” y se lo echó por la cabeza, mientras decía: “quiero ser una niña”. Le tuve que decir, con el corazón roto, que las hadas se lo habían regalado para que lo viera, pero que no funcionaba bien si una no era un hada.

Por entonces, cuando se lo contaba a los amigos, siempre decía que, en un mundo ideal, la llevaría también a la calle vestida de niña y le cambiaría el nombre. Que siempre dudaba entre reprimirla o exponerla, que me daba muchísimo miedo lo que podían hacerle los demás. Hablando de esto con mi mejor amiga, me contó sobre un documental que acababa de ver en la TVE: “El sexo sentido”. Cuando lo vi por internet junto a mi marido, todo encajó, por fin. No teníamos un hijo gay, sino una hija transexual. No hacía falta vivir en un mundo ideal para mostrarla tal cual era: una niña preciosa. Y sobre todo, una niña que se sintiera aceptada y querida tal cual era, iba a tener la autoestima suficiente para enfrentarse a cualquier ignorante que se le pusiese por delante.

 Elaboramos un plan: en las próximas vacaciones buscaríamos un especialista que la diagnosticase y nos orientase sobre la mejor forma de proceder. Mientras tanto (faltaban seis meses), todo seguiría igual. Pero ya nada podría ser igual. Yo ya veía a mi hija como era. Yo ya sabía. Además, Natalia Aventín, de Chrysallis, con quien ya me había puesto en contacto, me hizo una pregunta clave: “¿Pero tú crees que un especialista te va a decir algo que ya no sepas?” Así que un día le pregunté a mi niña: “¿Tú quieres que te deje crecer el pelo, y te vista como niña, y te llame como niña?” Chiquita… Cómo se le iluminó la cara, qué saltos y piruetas, qué alegría desbordada en un cuerpecito de cuatro años. Si le llego a decir que nos íbamos a vivir a Disneylandia no se hubiese puesto más contenta. Pero luego le dije, siguiendo con nuestro plan, que, hasta que no le creciese el pelo, en casa iba a ser una niña, pero en la calle la iba a seguir vistiendo igual que antes. “Está bieeeeen”, me contestó. Ella, sacrificando su felicidad a mis miedos.

 El primer día que empecé a llamarla Irene en casa, me miró a los ojos y me dijo: “Gracias, mamá”. Nos dimos un enorme, fuerte, largo abrazo. A sus hermanos les expliqué que, cuando nació, pensamos que era un niño, pero que ahora nos habíamos dado cuenta de que era una niña. Al mayor le dije que nos habíamos equivocado porque tenía colita, pero que su cerebro era de niña, y en las personas es más importante el cerebro que la colita o la vagina. Y ellos empezaron a llamarla Irene también.

 Pasó el fin de semana, y el lunes siguiente, en la guardería, mientras me estaba despidiendo de ella, me llamó muy bajito.

-Mamá.

-Qué.

-Yo soy Irene.

-¿Y quieres que se lo diga a las maestras y a tus amiguitos?

-Sí.

Me levanté, pedí su atención, y les conté que nos habíamos dado cuenta de que Irene era una niña y de que, a partir de ese momento, quería que la llamásemos así y que la tratásemos como la niña que era. Salí de la clase, les hablé a las maestras sobre la transexualidad infantil y me fui a casa a meter en un pen drive la “Guía para Familias” que había sacado de la página de Chrysallis. A la salida, repartí entre las maestras una copia encuadernada con la dirección de la web de Chrysallis y el enlace para ver el documental “El sexo sentido”. Y les pedí que me preguntasen lo que necesitaran, que estaba a su disposición. En la otra mano llevaba una bolsa con ropa y calzado de niña recién comprada. Ya, para salir a la calle.

 Estas Navidades mi suegra ha visto a Irene por primera vez tal cual es. Cuando nos vio, se fue derechita a ella y, cogiéndole la cara entre las dos manos, la llenó de besos, mientras decía, “¡Ay, mi Irene, qué guapa!” Cuando la soltó, nos miró a todos y dijo alto y claro: “Ya tengo seis nietas y cuatro nietos”. Yo lloraba.

 Ahora mi hija es una niña traviesa, inteligente, divertida… pero sobre todo, feliz. Al final, parece que Dios se las arregló para concederme todos mis deseos.

Beatriz García

4 thoughts on “Los deseos cumplidos

  1. Como me senti muy identificada yo de nacimiento porque ya no.de papeles tres hijas y hoy el menor es un hermoso varon que vive como tal en su vida con la documentacion totalmente de acurdo con su persepcion de genero ,la felicidad de ser es inmensa,el fue el primer nene trans en recibir su documento con su nombrre elegido saludos y felicidades por haber simplemente escuchado y dejarla ser

  2. Qué afortunada es esta niña de tener una familia como la vuestra. Preciosa historia de amor que llega profundamente al corazón.

  3. A mí lo que me parece realmente curiosísimo es que Bruno sea transexual, mientras que su hermano gemelo, no, porque en teoría son casi la misma persona, comparten el código genético. Esto me parece asombroso que puedan ser tan diferentes, a pesar de ser genéticamente tan iguales. ¿No creeis?

    • María te sorprendería saber que entre nuestras familias abundan las que el menor transexual tiene unx mellizx o gemelx.

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