No se trata de tener la razón sino de usarla

Autor: Joserra Landarroitajauregi Garai (Psicólogo. Pedagogo. Sexólogo.)

El articulo publicado por el diario El País “Transexualidad infantil a la espera de una respuesta”  ha producido un profundo malestar entre las familias de menores transexuales.
Creo resumir todo el dolor, el malestar y la rabia que he escuchado durante todo el día de hoy mediante tres epitetos: “turbio, maledicente e insidioso”.
Aunque el artículo tiene una firma concreta, creo que recoge una posición bastante extendida en aquellos medios sanitarios que no se han acercado al tema y que muestran nula empatía con los «afectados».
En cualquier caso, más allá de las malas emociones concitadas, sugiero su lectura sosegada y propongo un debate sereno. Al fin y al cabo, no se trata de tener la razón sino de usarla; por ejemplo, razonando razonablemente.
Con ese fin, propongo mi aportación.
Me parece particularmente grave que se afirme «ex-catedra» un dato que es del todo incierto pero que se ofrece como evidente (aunque sin apoyo alguno). Este es: “sólo el 15-20% persisten”. Si tal dato fuese correcto resultaría que se estarían produciendo un 80-85% de «errores diagnósticos» donde no hay constancia alguna de que se haya producido ni un solo caso.
Ahora sí, con motivo de la alarma que este dato arteramente ofrecido produce, se propone la parálisis y la inacción familiar (precisamente, en sentido contrario al correcto) y se fabrica angustia innecesaria; o sea, se induce iatrogenia. El tema no es leve.
Tal discurso logra una aparente fundamentación lógica mediante una añagaza retórica que usa oblicuamente la controvertida categoría «disforia de género». De este modo, se mezcla la identidad sexual con los roles sexuales e implícitamente se afirma la condición de ser hombre o mujer en virtud de la apariencia genital. Finalmente, aunque implícitamente, se propone una crianza diferencial rígida, prescriptiva y dicotomizada.
Si se analiza bien, el artículo presume «perversidad» donde sólo hay «diversidad» para acabar proponiendo moral sexual ancestral con apariencia científica.
Con el fin de ofrecer algo de luz sobre este tema del porcentaje ofrezco la siguiente reflexión.
Muchas veces, los niños y niñas presentan determinadas señales o indicadores con clara significación sexual (por ejemplo: patrones de juego, gestuación, vestimenta,…) que no son coincidentes con lo esperado en virtud del sexo que se les ha asignado (que es el que coincide con la apariencia de sus genitales). Ahora bien, de todo ello nunca y en ningún caso se concluye que tales niños o niñas sean —sólo por ello—transexuales.
Efectivamente, muchas de las niñas que orinan de pié o de los niños que orinan sentados no son ni van a ser transexuales. Muchas de las niñas que se niegan a ponerse bragas, faldas o coletas tampoco son ni van a ser transexuales. Del mismo modo, muchos de los niños que juegan con muñecas o se apuntan a ballet tampoco son ni van a ser transexuales,… Ahora si, todos los niños y las niñas a los que llamamos con la categoría «transexual» (que, por cierto, es bastante mala) son —y van a seguir siendo— lo que coherente y persistentemente dicen que son (y van a ser).
Un asunto importante: sean o no transexuales, persistan o retornen, a todos ellos y ellas les va mucho mejor si sus familias (también sus educadores y sus pediatras) aceptan su peculiaridad sin confrontarla ni contrariarla.
El asunto no es si son, van a ser, o no, «transexuales» («disforicos», «trastornados» o cualquier otra categoría psiquiátrica que pueda inventarse); sino si son niños o niñas. Y es una trampa proponer “no cambiar a ninguno ahora” porque “algunos pueden cambiar luego”.
El verdadero lío no es qué son (niños o niñas) sino quién lo decide (ellos u otros, desde dentro o desde fuera). Finalmente el artículo de marras (escrito por un médico forense) propone que la identidad sexual ni es «propia» ni es «íntima» sino que es «ajena» y es «pública». Por lo tanto, propone que ha de decidirse en términos médico-legales; o sea, mediante batas blancas y togas negras (por cierto, suficientemente formadas). En este foro los padres y madres resultan ser, evidentemente, unos «indocumentados».
Puestos a hablar de porcentajes, permítaseme una última reflexión. Las familias (recuérdese, en otro tiempo, también ellos eran renuentes a aceptar la peculiaridad de sus retoños) están constando empíricamente cómo en el mismísimo momento en el que se produce el ajuste (el permiso) entre el requerimiento del menor y la prescripción sexual (familiar, primero; social, después) desaparece la disforia, el trastorno, la distimia, el malestar, la desazón,…
El porcentaje del que estoy hablando no es del 80% sino del 100%. Tal ocurre no porque se haya producido un «tratamiento» (legal o médicamente «consentido») sino porque se ha producido un «permiso» familiar que es del todo legítimo y que es causa de bienestar.
Tal asunto es, hasta que ellos mismos puedan coger el testigo, asunto familiar propio de los tutores del menor. Los profesionales deberíamos ayudar en lo que se pueda sin poner palos en las ruedas. Y, ya puestos, quien no quiera ayudar podría echarse a un lado. Es mi sugerencia y lo digo con toda claridad.

2 thoughts on “No se trata de tener la razón sino de usarla

  1. Sobre el dato 20%-80%: https://generofluido.wordpress.com/2015/05/11/el-20-80-en-menores-trans/

    “Sin embargo, si cogemos el mismo estudio y decimos que un 20% de los menores etiquetados como “variantes de género” manifestaron estar en desacuerdo con la identidad de género asignada, y al cabo de los años, el 20% de este grupo continuaba manteniendo la misma opinión, la perspectiva cambia radicalmente. Resulta que el 100% de los menores “variantes de género” tenía muy clara su identidad de género desde el principio. El 20% de ellxs eran trans, y el 80% no lo era, y ninguno de ellos cambió su opinión a lo largo de los años.”

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