Nombre busca persona

Autoria: Isaac Ravetllat Ballesté

Nombre busca persona. No importa la edad, nacionalidad, tamaño o género, únicamente se valorarán los sentimientos. No es precisa experiencia. Interesados/as escribir a nameless@gmail.com

¡Ahí estaba!, pensó para sus adentros. Tras tres largas semanas de espera su anuncio, aquel que tanto había esperado, por fin, estaba allí, delante suyo, parpadeando incansable en la sección de “Novedades” de una de esas páginas web en las que uno puede comprar y vender de todo.

El corazón le latía rápido, muy muy rápido, algo iba a suceder, lo presentía, su intuición le susurraba algo al oído, no sabía el qué, pero lo hacía.

Se sentó apresurado sobre el frío suelo de la ahora ya vacía sala de espera del Registro Civil. Eran más de las diez de la noche, la oscuridad lo cubría todo y sólo el pequeño haz de luz proveniente de la pantalla de su ordenador se atrevía a romper la dictadura de las tinieblas.

Era un nombre, un simple y humilde nombre de pila, en busca de una persona que lo quisiera, que se sintiera identificada con él, que esbozara una amplia sonrisa al escuchar el simple sonido de las letras entrecruzadas que componían su verdadero yo, ¿era eso tanto pedir?. Había visto a las Cármenes, Julias, Loretos, Pepes e incluso Montses partir a cientos felices impresas en las partidas de nacimiento de muchos niños y niñas de la ciudad. Y él, en cambio, seguía allí, aguardando día tras día, luna tras luna, una oportunidad que parecía jamás le llegaría.

Lo había intentado todo o casi todo. Nunca fue uno de esos nombres que se conforman con su destino y se quedan en un rincón lamentándose de sus miserias, como sí hacían Dolores o Angustias, que siempre andaban cabizbajas lloriqueando sin cesar. Por el contrario, él era un luchador nato y estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en sus manos para que la diosa fortuna, por fin, le sonriera. Así tomó un curso de perfeccionamiento, uno de esos diplomados que ofrecía la Real Academia de los Apellidos Ilustres y del que sus amigas tanto le habían hablado. El profesorado era inmejorable, de gran renombre internacional. Don Hernández, por ejemplo, se encargó de explicarles, en una de sus sesiones magistrales, el arte de relacionarse con los apellidos mal avenidos, y Doña Martínez, docente de acreditada experiencia profesional, les había introducido en el arte de la dicción.

También tomó clases de idiomas online diseñadas especialmente para nombres de pila. Ya se sabe que en una sociedad tan globalizada como la actual, hay que pensar más allá de nuestras fronteras. Tal vez su futuro se encontraba lejos de las cuatro paredes de ese Registro Civil, y un niño o una niña en proceso de adopción se encariñaba con él.

Ahhh, y si con eso fuera poco, y atendiendo a que la imagen también era de suma importancia, se puso en manos de una diseñadora gráfica para que renovara su puesta en escena y estar a la última moda. Así, los ribetes de su última vocal se tiñeron de rojo y la parte alta de las consonantes que la conformaban se vistieron de vivos colores.

Acuciado por esos pensamientos y vencido ya por el cansancio, nuestro nombre se fue quedando poco a poco dormido, y aquella noche soñó con cédulas de identidad, pasaportes, libros de familia y todas esas cosas con las que cualquier nombre de bien, como siempre solía recordarle su mamá, se siente a gusto y realizado.

La mañana llegó y un suave zumbido “Blimm” “Blimm” le sacó del estado de aletargamiento en el que se encontraba sumido. Abrió sus ojos y miró directamentea la pantalla del ordenador que yacía aún encendido a sus pies, mientras lo hacía vino a su mente la más famosa escena de uno de sus cuentos favoritos, Blancanieves. Aquella en la que malvada bruja fijaba su mirada ante el espejo y pronunciaba su célebre“espejito, espejito mágico quien es la más bella de todo el Reino”. Para ser sinceros, nuestro nombre siempre sintió cierta atracción por la bruja, al fin y al cabo hablar con un espejo no hacía daño a nadie, y reconozcámoslo, quién no lo había hecho antes. Siempre pensó que, en realidad, quien escribió la historia de Blancanieves sentía una profunda envidia por esa mujer, pues ésta, a diferencia del común de los mortales, había conseguido que el espejo le contestara.

¡Un mail! Gritó entusiasmado ¡Un mail!

Embargado por la emoción y con el pulso tembloroso, pues su anuncio había sido contestado, nuestro nombre clicó sobre un diminuto icono que aparecía y desaparecía del margen superior izquierdo de su notebook, anunciando la llegada de un nuevo mensaje.

El correo electrónico lo firmaba Sebastián, de siete años de edad, quien contaba apesadumbrado que a pesar de ese nombre masculino, siempre había soñado con ser Kira. De hecho, Sebastián, proseguía el correo, confesaba llevar bordada en toda su ropa, si bien donde nadie pudiera verla, su inicial: una gran y hermosa K. Y cuando estaba a solas, lejos de las miradas inquisitorias de los demás, en la penumbra de su habitación, gritaba sin parar las cuatro letras mágicas que debían conducirla a un estado parecido a la felicidad…. K…I….R…A ¡KIRA! Era como el “ábrete Sésamo” de Alí Babá, pero en este caso no para abrir las paredes de una montaña y acceder a los tesoros ocultos en sus entrañas, no, no. Por el contrario, era para que toda su riqueza interior pudiera, por fin, brotar, libre, fuera de su cuerpo.

Nuestro nombre, KIRA, estaba tan sumamente alegre, que escribió rápidamente de vuelta a Sebastián. Le explicó que era un nombre femenino, que sus ancestros eran persas y que su traducción era algo parecido a “Sol”. Y Sebastián contestó, y Kira re-contestó y Sebas tri-contestó…. y más y más. Los correos iban y venían sin parar, y sin darse cuenta ambos empezaron a fundirse, a ser uno o una, qué más da eso, lo único que querían era “ser”, no esconderse más, vivir en plenitud, desarrollarse en toda su potencialidad.

Y así es, con esa historia de amor y amistad pura, como Sebas pasó a ser Kira, nuestro nombre de pila olvidado en el Registro Civil, sin complejos, sin miedos, sin importar el qué dirán, sin más límites que los que una niña de siete años pudiera tener….¡ninguno!

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