Sara, la princesa gallega de Chrysallis

Una lucense de 8 años es la primera menor transexual de la comunidad que realiza el tránsito social

Este domingo  El Faro de Vigo publica en sus páginas sendos artículos sobre transexualidad,  como acostumbramos a hacer los vamos a editar para intentar sustituir el lenguaje estereotipado por el uso correcto de los términos. Desde la prehistoria existen las personas transexuales, las mujeres como tales son femeninas y su cuerpo también, incluyendo sus genitales (pene femenino) y los hombres masculinos (vulva masculina).

Para entenderlo: si a una mujer cisexual le extirpan los senos por motivo médico por ejemplo, su tórax no se convierte en masculino ni ella en un medio hombre. Si a un hombre cisexual le amputan sus genitales por motivo médico, por ejemplo, no deja de ser hombre ni por ello su cuerpo será femenino.

Amaia Mauleón Vigo 04.01.2015 | faro vigo 2

Los genitales y el sexo sentido no siempre van de la mano. Hay princesas en cuerpos de que creyeron reyes  y niños que, en realidad, son hadas. Sara fue bautizada al nacer como Hugo pero con apenas un año y medio comenzó a manifestar a sus padres que era una niña. Ellos supieron escucharla y no quisieron que sufriera así que, el pasado agosto, la apoyaron en su transición social, convirtiéndose así en la primera niña transexual gallega que da este paso tan temprano.

Sara tenía solo un año y medio cuando comenzó a explicar con sus infantiles gestos a sus padres que no era el niño que ellos creían. En realidad, era una niña que había nacido con pene y a la que habían bautizado como Hugo. Nada más llegar de la guardería lo primero que hacía era quitarse la ropa de niño y ponerse como podía la de su madre: los zapatos, las joyas, las gafas de sol y, sobre todo, una toalla en la cabeza a modo de melena. Sara, que vivía en el seno de una familia de clase media de Lugo, siempre que se ponía desnuda delante de un espejo escondía su pene para atrás y, con tan solo tres años, preguntó a su alarmada madre si se lo podía cortar.

La actitud de la pequeña se mantenía a lo largo del tiempo y sus padres empezaron a pensar que era mucho más que un “niño sensible”. Cuando iba a una tienda de juguetes se le iluminaban los ojos con las muñecas, y no con cualquiera, solo con las Barbies, La Sirenita, Cenicienta? es decir, muñecas con unos rasgos femeninos muy marcados. “Cuando de mayor sea mujer, yo también haré eso”, decía convencida cuando su padre le leía por la noche uno de los cuentos de sus protagonistas preferidas.

Cristina Palacios, su madre, una trabajadora social que fue golpeada como tantos otros españoles por la crisis económica y ahora es empleada en una tienda, y su padre, Suso, traductor, supieron escuchar lo que su hija les estaba contando. Y no solo eso: se atrevieron a mirarla y entenderla como lo que es realmente y enfrentarse a una sociedad en la que la transexualidad aún permanece oculta por fuertes tabúes.

Sara tiene ahora ocho años y el pasado agosto decidió dar un paso muy importante en su vida y hacer el tránsito social, que significa que ya no sólo es una niña en su casa o en su entorno más cercano, a escondidas, sino que se muestra en todas partes y a todas horas del día como lo que es: una niña. Oficialmente ella es la primera menor gallega que hace el tránsito a una edad tan temprana, algo que asombra a sus padres. “Si son ciertos los datos de prevalencia de transexualidad, yo me pregunto dónde están el resto de niños y niñas transexuales de Galicia, porque uno no se hace transexual en la adolescencia o en edad adulta, se nace transexual. Me temo que la respuesta es escondidos, silenciados y reprimidos”, reflexiona su madre.

Cristina sabe que su hija no es un caso único. Pero no fueron los profesionales -con los que tuvieron malas experiencias en la sanidad pública cuando la llevaron al psicólogo a los cuatro años- los que se lo contaron, sino otros padres en su misma situación que conoció a través de la recién creada asociación Chrysallis, la primera de España de menores transexuales y que, en solo un año, cuenta ya con más de sesenta familias asociadas. “Gracias a ellos nos enteramos de que se podía realizar el tránsito social en edades tan tempranas, información que nunca recibimos de un profesional, que diagnosticaron a la niña de bisexual y complejo de Edipo, entre otras cosas”, afirma la madre.

“Si ya me insultan y me llaman maricón los niños en el cole, al menos que sea vestida de niña”, afirmó decidida Sara cuando sus padres le ofrecieron la posibilidad de comenzar a vivir a los ojos del mundo como una niña, vestir como tal, cambiar su nombre (aún no oficialmente) y dejar de tener la doble vida a la que no conseguía acostumbrarse. “Aprovechamos unas vacaciones en Portugal para que la niña saliera por primera vez a la calle vestida como tal y ver cómo se sentía y, a las dos horas, me dijo que nunca más iba a vestirse como un niño”, relata la madre. “La veías, por fin, feliz”.

En septiembre comenzaba de nuevo el colegio y los padres se pusieron manos a la obra. “Primero fuimos a Educación para plantearles la situación y pedirles que los profesores llamaran a la niña por su nuevo nombre (que ella misma eligió) y que pudiera ir al vestuario y a los baños de las niñas; sabíamos que podrían surgir problemas con otros padres? pero todo el mundo se ha portado muy bien y no fue tan complicado como parecía. De hecho, desde que Sara se muestra como tal, los niños han dejado de llamarla maricón”, afirma Cristina. Su profesora tuvo mucho que ver en la aceptación del resto de los alumnos. “Les explicó con sencillez lo que pasaba y los niños lo aceptaron sin más; para ellos no es tan complicado como para nosotros. Ojalá las escuelas incluyeran la diversidad de géneros igual que se explican las formas de las hojas o los tipos de mamíferos; sería la mejor manera de acabar con los prejuicios”, opina Cristina.

Tampoco para el hermano de Sara -Gabriel, de 6 años- fue ningún trauma aceptar la nueva condición de su hermana. “Desde el minuto uno fue Sara también para él y le dijo: ‘Creo que me vas a gustar más como niña”, relata su madre.

“Muchas personas nos han dicho a mi marido y a mí lo valientes que somos por hacer esto, pero no creo que el no esconder, el no silenciar, lo que siente nuestra hija sea un acto de valentía. ¿Sería más normal que fingiéramos no darnos cuenta de lo que deseaba nuestra hija, que la cohibiéramos, que dejásemos que se sintiese culpable por no tener un cuerpo acorde a su cerebro femenino?”, se pregunta. “No podemos dejar que por nuestros miedos y prejuicios los niños sean infelices y pierdan su infancia y su adolescencia”, explica. Sara la está disfrutando ahora. Lo que más le gusta es cantar y bailar; va a clase de Batuka y Zumba, a patinaje y a teatro. También le encanta diseñar y pintar. Está entusiasmada con Violeta y entre sus juguetes favoritos, que por supuesto ha pedido a los Reyes, están las Monster High y los Littles Pet shop, como otras miles de niñas de su edad.

Aún queda muchísimo camino por recorrer en la vida de Sara y muchas barreras por derribar pero sus padres prefieren ir cumpliendo etapas poco a poco. “Ahora mismo nos queremos centrar en el cambio del nombre y el género en el Registro Civil, que es bastante complicado porque se necesita una sentencia judicial con informes de pediatras, psicólogos? De momento solo lo han conseguido ocho menores, aunque hay 140 que han realizado el tránsito social”, explica. “El problema es que actualmente no hay un protocolo y dependes de la sensibilidad del juez o el médico de turno”, afirma. Este paso es importante porque no tener un DNI con el nombre acorde al sexo sentido acarrea grandes complicaciones a los niños, hasta el punto de que muchos se aislan.

El siguiente paso serán los bloqueadores hormonales para evitar que la niña desarrolle en la adolescencia caracteres secundarios contrarios al sexo sentido y, posteriormente, la terapia hormonal. Ya en la edad adulta, se planteará la operación de reconstrucción genital. Pero Sara aún es muy pequeña para pensar en cirugías y, de momento, disfruta de su nueva vida.

 


Chrysallis, un faro para las familias

Cuando los niños empiezan con solo dos o tres años a manifestar que son del sexo contrario al que le asignaron al nacer, la mayoría de los padres creen que sus hijos son casos únicos. Algunos se asustan aunque tratan de comprender; otros lo rechazan. Y todos se preguntan qué hacer. Comienza entonces un largo recorrido en el que llaman a mil puertas en busca de respuestas, muchas de ellas erróneas porque los protocolos existentes van dirigidos solo a los transexuales adultos. Padres y niños en la misma situación se han unido y creado Chrysallis (chrysallis.org.es), la primera asociación de Familias de Menores Transexuales de España que, en año y medio, ya cuenta con más de 60 familias asociadas y más de 200 les han pedido asesoramiento.

Más de 140 padres, menores transexuales y sus hermanos -“los grandes olvidados de esta historia”, reivindica Natalia Aventín, presidenta de la asociación- de toda España, se reunieron el pasado mes de marzo a las afueras de Madrid para compartir un fin de semana repleto de emociones y de historias con coincidencias, sinsabores y resultados muy parecidos. “Estas reuniones son muy enriquecedoras para todos”, asegura la presidenta.

Aventín relata que los inicios en este proceso son muy complicados. “Te encuentras con muchos médicos que no tienen ni idea de lo que es la transexualidad. Queda mucho por avanzar para que deje de considerarse una patología y se normalice tanto en el sistema sanitario como en el judicial y en el educativo”, explica Natalia, que es madre de Patrick, un chico aragonés de 12 años que nació con genitales femeninos vulva -“fue sexado como mujer”, rectifica su madre- y se encuentra en tratamiento con bloqueadores que sus padres costean en consulta privada.

“A muchos padres les preocupa demasiado lo que pensarán sus vecinos, la gente del trabajo? se quieren más a sí mismos que a sus hijos”, critica la presidenta. “Esto no es algo que puedas apartar, cuanto antes se visualice y la sociedad entienda que existe, mejor calidad de vida tendrán los niños”, finaliza


María, dos vidas con 19 años

Insultos en el colegio, masculinizarse para ser aceptada, decidirse a contar a sus padres la verdad y comenzar el cambio. Una adolescente transexual viguesa relata su historia

Amaia Mauleón Vigo 04.01.2015 

“Me llamo María, tengo 19 años y quiero ser profesora”. María -nombre ficticio porque prefiere preservar su identidad- es una chica transexual viguesa que ha pasado todo un calvario hasta poder presentarse oficialmente de esta manera. Pelo largo, voz dulce, rasgos femeninos, atuendo sencillo y a la moda, un punto de timidez adolescente y, sobre todo, un cerebro totalmente de mujer. Una chica normal, una más de su grupito de amigas. Sin embargo, María nació con genitales masculinos pene y con la obligación social de comportarse como hombre tal, una circunstancia que le ha hecho madurar de golpe y convertido en una chica muy especial.

Desde muy pequeña, la niña notaba que aquello no encajaba. Le encantaba colocarse la toalla a modo de melena y aprovechaba cualquier oportunidad para “disfrazarse” de mujer. Aunque sentía que, más bien, el disfraz era el atuendo masculino con el que cada día tenía que salir a la calle.

María no entendía bien qué era lo que le pasaba. No tenía ningún referente cercano con el que compararse. “Cuando crecí un poco sabía que no era gay, pero tampoco entendía qué era entonces; me sentía única”, recuerda.

En el colegio creció rodeada de niñas con las que jugaba a las barbies y dibujaba princesas y, aunque los primeros años todo fue bien, al ir creciendo comenzaron los insultos. “Me llamaban maricón e, incluso, alguna vez me pegaron”, afirma.

Ante esa situación y sin atreverse aún a contar nada a sus padres, María se esforzó en la ESO por masculinizarse. “Llevaba el pelo largo y me lo corté y dejé a mis amigas de lado… pero aquello era un teatro continuo que me hacía sufrir mucho; lloraba todos los días y, claro, los estudios me empezaron a ir mal”, explica.

María cambió de instituto pero la situación no mejoró y cada vez se fue aislando más y pasaba los fines de semana en casa viendo la televisión. Sin embargo, fue allí donde, por fin, encontró una pista para ponerle nombre a su caso. “En el programa Supervivientes había una chica muy guapa que resultó ser transexual y empecé a investigar”, relata.

María le contó a una tía suya lo que le sucedía y, poco después, a sus padres. “Al principio mi padre relacionaba la transexualidad con los drag queens, pero comenzamos juntos a informarnos y a entender lo que era en realidad”, relata la joven, que desde entonces ha contado con el apoyo incondicional de sus padres.

Comenzó entonces el peregrinaje por psicólogos y tediosos tests hasta poner nombre a sus emociones: disforia de género. “Me llegaron a preguntar que si tenía algún familiar con trastornos mentales e incluso que lo mío era un Trastorno de Déficit de Atención; era surrealista”, se lamenta ahora.

Desde el hospital público de Vigo la mandaron al de Málaga, único de España que cuenta con una unidad especializada en transexualidad. “Las citas eran para 8 meses después y yo ya tenía 16 años y cada vez estaba más desesperada por el desarrollo de mi cuerpo, así que al final fuimos a una consulta privada en A Coruña”, apunta María.

Tras innumerables pruebas con la endocrina, María comenzó por fin con un tratamiento hormonal. “Sólo dos meses después de empezar a tomar anticonceptivos mi cuerpo empezó a cambiar y hasta me salió un poco de pecho; fue un enorme alivio para mí”, cuenta. María tenía muy claro que el siguiente paso tenía que ser la cirugía. “No soportaba tener pene; ni siquiera podía ir con mis amigas a la playa ni ponerme pantalones… Era muy duro para mí”.

La joven y sus padres se asesoraron bien y, año y medio después de comenzar el tratamiento hormonal, acudieron a un especialista de Barcelona que le operó. Dieciocho mil euros. “Fueron cinco horas de operación y más adelante he tenido que volver a pasar por el quirófano. Tres veces al día tenía que realizar dilataciones para ir abriendo la vagina, lo que al principio era muy doloroso, pero por supuesto que ha merecido la pena”, asegura la joven. Y por fin, también el DNI está de acuerdo con su nombre y con su sexo.

María está terminando Bachillerato y planea estudiar Pedagogía en Salamanca. “Quiero empezar de cero, aunque sé que en cuanto esté con un chico tendré que dar muchas explicaciones, que no podré quedarme embarazada, que siempre me tendré que estar hormonando… Pero ahora soy feliz, he madurado mucho y comprendo mejor a la gente, incluso a los que no me entienden a mí”, concluye.


 Martínez-Sande: ´La negación hace mucho daño a los menores´

Galicia no cuenta en la actualidad con una Unidad de género ni con especialistas en menores transexuales, por lo que psicólogos, psiquiatras y endocrinos carecen de un protocolo de actuación para estos casos. “Hay una carencia de profesionales preparados en este ámbito y los que estamos hacemos lo que podemos”, explica Gonzalo Martínez Sande, Psicólogo Clínico de la Unidad Psiquiátrica del Complejo Hospitalario de A Coruña. “La negación y el secretismo perjudican a los menores en esta situación por lo que es bueno intervenir en edades tempranas y contar con la colaboración de la familia y de la escuela para evitar que sus vidas se conviertan en un infierno”, advierte el psicólogo. Otro de los aspectos sanitarios que más preocupan a las familias de los menores transexuales es el de los bloqueadores hormonales, que deben aplicarse en los indicios de la pubertad y paralizan su desarrollo, dando al menor tiempo para madurar y decidir, ya en la edad adulta, si recurrir a una reasignación definitiva con hormonas cruzadas y cirugía. Estos medicamentos tienen efectos reversibles. “Los menores que he tratado, en consulta privada, siempre lo tienen muy claro, pero sin el informe psicológico no podemos tirar adelante”, explica Teresa Martínez Ramonde, endocrinóloga del Hospital de A Coruña que, destaca, “no me he encontrado con ningún caso que quisiera dar marcha atrás y cada vez vemos familias más abiertas y mejor informadas”, concluye.


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